Opinión

La pasión que cruza fronteras: lo que deja la llegada de Boca a Asunción

Una multitud de hinchas recibió al plantel xeneize en Paraguay antes del partido. Desde Mataderos, miramos cómo estas escenas refuerzan el peso cultural de las rivalidades y lo que significa para nuestra hinchada.

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Tribuna de estadio con banderas y humo de bengalas
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

La imagen de un plantel recibido por una multitud de hinchas en Asunción no es solo una postal de previa. Habla de algo más profundo: el fútbol sudamericano sigue siendo un asunto de pasiones que atraviesan fronteras, y eso nos toca de cerca a los de Nueva Chicago.

Aunque el foco estaba puesto en el equipo de la Ribera, que firmó autógrafos y sintió el calor de su gente antes de jugar, desde Mataderos no podemos evitar leerlo con nuestra propia lente. El aguante no entiende de divisiones ni de categorías cuando se trata de representar a la Argentina en el exterior. Y Boca, como Chicago, lleva ese peso de ser más que un club: es identidad, es barrio, es historia de inmigrantes y obreros que se llevaron el amor por la camiseta a cualquier rincón.

Lo que genera este tipo de recibimientos es una mezcla de envidia sana y reflexión. En un país donde muchas veces se discute el protagonismo de las hinchadas, ver cómo una multitud se organiza para esperar a su equipo en otro territorio recuerda por qué el trapo y el cantito siguen siendo centrales. No es solo folklore. Es la demostración de que la tribuna sostiene al club tanto o más que lo que pasa adentro de la cancha.

Para Nueva Chicago esto tiene un eco particular. Nuestra hinchada es de las que viaja, que se hace sentir aunque los recursos sean limitados, que hereda banderas del abuelo y las lleva con el mismo orgullo. Ver a otra parcialidad haciendo lo propio en Asunción nos pone a pensar en cómo preparamos nuestros propios despliegues, en la cantera que tiene que alimentar ese espíritu y en las rivalidades que, más allá del resultado deportivo, se viven en clave cultural e histórica.

Porque al final, estos cruces internacionales no se definen solo por lo que pase en los 90 minutos. Se definen por el ambiente que se genera en las horas previas, por la expectativa que se respira en la calle y por cómo cada hinchada marca territorio con respeto y pasión. Boca llevó su multitud a Paraguay; Chicago lleva la suya a cada cancha del ascenso con la misma convicción.

Desde la previa, lo que queda claro es que el fútbol argentino exporta no solo jugadores, sino una forma de vivir el deporte que tiene pocos equivalentes. Y en ese sentido, tanto los de la Bombonera como los de Mataderos somos parte de la misma escuela: la de bancar con todo, venga lo que venga. La incertidumbre de lo que pueda pasar en el partido queda para los que juegan; nosotros, desde la tribuna, ya sabemos que el verdadero partido empieza mucho antes, cuando la gente sale a la calle a recibir a los suyos.

Ojalá que escenas como estas sigan repitiéndose, porque alimentan la mística que hace grande a nuestro fútbol. Y ojalá que nuestra hinchada, con su verde y negro a cuestas, siga siendo ejemplo de ese aguante que no se negocia ni en casa ni afuera. La cantera promete que el barrio siempre va a responder, y momentos como el vivido en Asunción nos recuerdan por qué vale la pena creer en eso.

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