Ser hincha de Chicago en el día a día: la pasión que no depende de la categoría
Columna de opinión sobre sostener el amor por Nueva Chicago más allá de los resultados y la categoría.
Hay una pregunta que me hicieron muchas veces, sobre todo en años difíciles: "¿Cómo hacés para seguir yendo?". Y la respuesta, con los años, se me fue simplificando: porque ser hincha de Chicago no es una decisión que se toma en función de la categoría en la que estemos jugando. Es una forma de estar en el mundo que uno lleva puesta todos los días, gane, empate, pierda, ascienda o descienda el equipo.
Quiero escribir hoy sobre eso: sobre lo que significa sostener esta pasión en el día a día, más allá de la tabla de posiciones.
La pasión de barrio no se apaga con un mal momento
Cuando uno es hincha de un club grande, mediático, muchas veces la pasión se alimenta de la exposición constante: se habla del equipo todos los días, en todos lados. En un club de barrio como Chicago, la pasión se sostiene de otra manera: en el día a día silencioso de la vida cotidiana. En el mate compartido con la remera puesta un martes cualquiera, en la charla de vereda sobre cómo viene el equipo, en la peña que sigue funcionando esté donde esté el club en la tabla.
Esa pasión de bajo perfil no se apaga con un mal momento deportivo, porque nunca dependió del buen momento para existir.
Lo que sostiene el amor cotidiano por el club
Creo que hay algo hermoso en sostener el cariño por un club más allá de los resultados: es una forma de fidelidad que no negocia. No es amor condicionado a la categoría ni al rendimiento del equipo. Es amor de barrio, de identidad, de pertenencia.
Ese tipo de amor se nota en cosas chicas del día a día:
- El que se pone la camiseta un domingo cualquiera aunque no haya partido, solo por identificarse.
- El que sigue yendo a la cancha aunque el equipo esté atravesando un momento futbolístico complicado.
- El que defiende al club en la charla de laburo, aunque se burlen por la categoría en la que esté jugando.
- El que enseña a sus hijos a hinchar por Chicago desde chiquitos, sin importar en qué momento institucional o deportivo esté el club.
- El que guarda recortes, fotos, camisetas viejas, no como un capricho coleccionista sino como una forma de sostener la memoria afectiva del club.
La categoría es un dato, no una condición
Me parece importante decir esto con todas las letras: la categoría en la que juega el equipo es un dato de la realidad, pero nunca debería ser una condición para el cariño. Ser hincha de un club de barrio implica asumir que hay ciclos, que hay temporadas mejores y peores, que el ascenso y el descenso son parte de la vida misma del club. Lo que no puede ser parte de un ciclo es el amor: ese tiene que sostenerse siempre igual.
Es fácil ser hincha cuando todo funciona. La verdadera prueba de fidelidad se da en los momentos difíciles, cuando hay que seguir yendo a la cancha, seguir cantando, seguir bancando, aunque el marcador no acompañe.
Una identidad que se elige todos los días
Para mí, ser hincha de Chicago en el día a día es, en el fondo, una elección que se renueva constantemente. No es una decisión que se tomó una vez, en la infancia, y que después funciona en piloto automático. Es algo que se reafirma cada vez que uno elige ponerse la camiseta, cada vez que uno elige ir a la cancha en un día complicado, cada vez que uno elige defender al club en una charla donde sería más fácil quedarse callado.
Esa reafirmación cotidiana es, para mí, la verdadera esencia de la pasión torera. No necesita un título para justificarse, ni un buen presente futbolístico para sostenerse. Se sostiene sola, en el día a día, en las cosas chicas.
Por qué vale la pena sostenerlo
Al final de cuentas, creo que este tipo de pasión de bajo perfil, sostenida en el día a día y no en la vidriera de los resultados, es la que le da sentido profundo al fútbol de barrio. Cuando uno elige seguir bancando a Chicago más allá de la categoría, está eligiendo algo más grande que un resultado: está eligiendo sostener una identidad, una pertenencia, un pedazo de historia compartida con todo un barrio.
Y esa, para mí, es la forma más honesta de ser hincha: la que no negocia con la tabla de posiciones, la que se sostiene con la misma fuerza un martes cualquiera tomando mate en la vereda que un domingo con la cancha llena.