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La fiesta del barrio: así se vivió el recibimiento entre Quilmes y Chicago

Las hinchadas de Quilmes y Nueva Chicago volvieron a demostrar que el fútbol argentino puede ser una verdadera fiesta cuando el respeto y la pasión se encuentran en las tribunas. Un recibimiento inolvidable que quedó grabado en la memoria de Mataderos.

Publicado el 13 de julio de 2026, 22:10 hs

El partido entre Quilmes y Nueva Chicago no fue solo un encuentro más de la Primera Nacional. Fue, ante todo, una verdadera fiesta popular que se vivió en las tribunas con un recibimiento que dejó a más de uno con la piel de gallina. Las dos hinchadas, cada una con su historia y su identidad, se encontraron en un clima de respeto y algarabía que hace mucho no se veía en nuestro fútbol.

Desde Mataderos llegamos con la expectativa alta, como siempre. La bandera del abuelo que heredé de mi vieja flameó desde temprano y el verde y negro se mezcló con el blanco y celeste de los de Quilmes. Lo que más llamó la atención fue la forma en que se organizaron las dos parcialidades: cantos, trapos y hasta algunos gestos de saludo entre las tribunas. No fue casualidad, fue el resultado de años de rivalidad sana y de saber que el aguante no siempre tiene que ser con bronca.

La previa ya venía cargada de expectativa. Sabíamos que el Cervecero iba a recibirnos con todo y no nos equivocamos. Lo que sorprendió fue la respuesta de nuestra gente. En lugar de caer en provocaciones fáciles, los pibes de Chicago optaron por el folklore: cantitos de barrio, bombos que no pararon un segundo y una marea verde que se hizo sentir desde el minuto cero. Eso es lo que nos define, el aguante con corazón y con calle.

En las inferiores y en la cantera siempre hablamos de esto: el fútbol no termina en los once que juegan adentro. La verdadera fuerza de Nueva Chicago está en la tribuna, en esa hinchada que sostiene al club en las buenas y en las malas. Ver cómo ese espíritu se replicó en Quilmes, donde ambas parcialidades disfrutaron el espectáculo sin incidentes, da una cuota de esperanza en medio de tanta violencia que a veces empaña nuestro deporte.

No es la primera vez que Quilmes y Chicago protagonizan un cruce con buen clima. Hay una rivalidad histórica, pero también un reconocimiento mutuo. Los de Mataderos sabemos lo que es pelearla desde abajo, y los cerveceros también cargan con su propia historia de ascensos y descensos. Esa conexión se sintió ayer en cada trapo que se levantó y en cada cantito que se cruzó de una tribuna a la otra.

Desde la perspectiva de la hinchada, este tipo de recibimientos valen oro. No cambian la tabla ni suman puntos, pero alimentan el alma torera. Es lo que nos diferencia de otros clubes donde la violencia se convirtió en rutina. Acá, en cambio, todavía prima el respeto por el rival y por la camiseta. Y eso, en los tiempos que corren, es casi un milagro.

La cantera también tomó nota. Muchos pibes que suben del club vieron cómo se vive el fútbol cuando la tribuna acompaña sin desbordes. Eso es formación pura. No solo se trata de gambetear o de definir, también es entender que el club se sostiene con la gente y que el barrio responde cuando hace falta.

Queda la sensación de que el partido en sí quedó casi en segundo plano. Lo que realmente se llevó los aplausos fue ese recibimiento mutuo, esa fiesta que se armó entre las dos hinchadas. Para los que fuimos, para los que lo vieron por televisión y para los que lo sufrieron desde el sillón, quedó claro que el fútbol argentino todavía tiene mucho para dar cuando se juega con pasión pero sin odio.

Ojalá se repita. Ojalá cada vez más partidos sean como este. Porque si algo nos enseñó la historia de Nueva Chicago es que el club grande no es el que más títulos tiene, sino el que más aguante tiene. Y ayer, tanto Quilmes como Chicago demostraron que tienen de sobra.

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