Nueva Chicago y la vuelta de los visitantes: una herida que sigue abierta
El Torito fue el club que, tras incidentes graves en 2007, provocó la prohibición de las hinchadas rivales en el fútbol argentino. Hoy, con el anuncio de su regreso parcial, Mataderos se prepara para recibir a los primeros visitantes después de 17 años.
La noticia cayó como un baldazo de agua fría para muchos y como un suspiro de alivio para otros: la Primera Nacional va a ser la primera categoría en probar la vuelta de los visitantes de forma controlada. Y el primer partido con público visitante será nada menos que en el estadio de Nueva Chicago.
Para los que seguimos al Torito desde la tribuna, esto no es un detalle menor. En 2007, después de los graves incidentes en el clásico contra All Boys, la AFA tomó la decisión más drástica de su historia: prohibir a las hinchadas visitantes en todas las canchas del país. Ese día en Floresta quedó marcado a fuego en la memoria colectiva del barrio. No fue un hecho aislado, pero sí fue la gota que rebalsó la paciencia de las autoridades.
Desde entonces, Mataderos jugó casi siempre solo. La popular verde y negra se acostumbró a alentar sin respuestas del otro lado. El “aguante” se hizo más interno, más de familia. La hinchada se bancó años de altibajos deportivos, ascensos y descensos, con la misma pasión de siempre. Pero faltaba algo. Faltaba ese cruce de miradas, ese ruido que se arma cuando dos barras bravas se encuentran en la misma cancha, aunque sea separadas por rejas y policías.
Ahora, 17 años después, la vuelta es experimental y con muchas condiciones. Habrá cupos limitados, identificación de cada hincha, protocolos estrictos y fiscalización permanente. Desde la dirigencia de Chicago ya avisaron que van a cumplir al pie de la letra lo que disponga la liga. No quieren líos. El club que cargó durante casi dos décadas con el estigma de “haber provocado la prohibición” no quiere quedar otra vez en el centro de la tormenta.
En la cantera y en los grupos de hinchas más jóvenes hay expectativa. Muchos pibes de la barra nueva nunca vivieron un partido con visitantes. Crecieron escuchando las viejas historias de cuando Mataderos se llenaba de trapos ajenos y el clásico contra All Boys o contra Morón era un verdadero infierno. Para ellos, esto es casi como volver a nacer.
Pero también hay preocupación. La hinchada de Chicago siempre se caracterizó por ser de las más respetadas y temidas. El barrio de Mataderos tiene su código. Y aunque la mayoría de los socios solo quieren ir a la cancha a ver al equipo, nadie se olvida de que un solo boludo puede echar todo por la borda. La responsabilidad es enorme.
Desde la vereda de enfrente, los clubes que visiten Nueva Chicago también tienen que estar a la altura. No se trata solo de ir a alentar: se trata de demostrar que se puede volver a convivir en las canchas sin que termine todo en tragedia. Porque si el experimento falla en Mataderos, es muy probable que la vuelta definitiva se postergue otros cuantos años.
En el fondo, esto va más allá de un partido de fútbol. Habla de cómo reconstruimos algo que se rompió hace mucho. Habla de la cultura de las tribunas, de la identidad barrial y de si realmente estamos preparados para dar un paso atrás y mirar las cosas con madurez. Nueva Chicago, como casi siempre, termina siendo el termómetro de algo más grande.
Ojalá que el domingo (o cuando sea que se juegue ese primer partido con visitantes) sea una fiesta. Ojalá que los trapos flameen de ambos lados, que los cantitos se crucen sin violencia y que el verde y negro vuelva a vivir lo que tanto extrañó. Pero con los ojos bien abiertos. Porque en Mataderos nadie se olvida de lo que pasó en 2007. Y nadie quiere que la historia se repita.